lunes, 3 de diciembre de 2012

Del por què las terapias son una hoja seca de otoño.


Falda liviana, medias nuevas que moldeaba sus piernas con elegante sugerencia, de ahí su  gusto por ellas. Zapatos ligeros, muy silenciosos. El grito y la apatía del chofer del auto de atrás. Sonriendo sabía que esperaban por ella. Se le estaba haciendo costumbre andar por las calles con su cabello en vuelo, su ropa noble y su andar juvenil. Le confundían siempre con una de veinticuatro. Entra, te llevo. En qué estaba pensando, si recién dieron el pago el miércoles pasado, mira que sacrificar así a lo bruto tu tiempo. Se había hecho ya a la idea de caminar los trece bloques. Acompañada del silencio de la noche, del nuevo clima y esa ropa tan cómoda. Si no fuera porque en mi casa mi perra espera dejaría que la luna dialogara conmigo aunque lleve esta prisa. Sube por favor, hasta donde vas. Hasta la línea fronteriza; pero igual no se preocupe de verdad. Sube tengo que hablar contigo. Con la confianza que surge del agrado entre dos amigas, al minuto estaba ya acompañándola en el lado delantero del auto. Pero si eso lo sé. A ciencia cierta sé que tengo una relación con Dios creo en el diálogo que escucho de él hacia lo vivo, eso sí lo entiendo (hablando con ella sobre esto que al mismo tiempo pensaba en la importancia de la tolerancia, pues en el fondo estas personas cristianas tan educadas y elocuentes, por lo menos se toman la molestia de hacer favores a otros, y a leer fervientemente biblia; la lectura celosa siempre traerá caminos de locura o serenidad, la poesía y la reflexión gobiernan por su parte a la vida).  
Lo que es más verdad, es que no deseo tenerlas cerca (referencia a dos personas). La cita verbal de la importancia del perdón hacia los demás y la entrega que debe de tener el ser humano con la Fe. Lo que sí le había interesado fue el noble contacto que le había hecho a su hombro al tocarlo. Corriente de agrado, y miró así con atención su nariz abundante, su cabello bien proporcionado, su ropa elegante y sencilla pero sobre todo, el volumen y el doble discurso en su voz: un edificio de roble; la musicalización de un espíritu sabio, con el sabor de uno clásico. De esa violación que te digo, nació mi hija de treinta anos y para colmo, al enterarse de eso mi padre quiso violarme. Me estaba pudriendo, creía que siempre hablaban de mí, en todo veía el mal. De eso ya hace mucho tiempo pero el escuchar tu historia me hace querer decirte que proporcionar el perdón imponiendo sabiamente los límites al agresor te dará un clara y coherente relación con la vida. ¡A brillar!
 Esta sensación total de intuir un enorme potencial de ser por igual distinta en y ante ella misma, inventiva en el mismo cuerpo, esa ligereza de escucha lo que el huracán anuncia sigilosamente. Todo en el mismo cosmos. La luna tomando su curso; este día atractivo. No llores por favor, no llores. Es por que te llamé la atención por no prepararte; ya eres adulto y sabes cómo debes documentarte y estudiar. Discúlpame por favor, no llores así. No, no eres tú. Es mi esposo que está enfermo de depresión. A todo le tiene miedo, al fracaso, al cambio, a la pérdida; a  equivocarse,  a que lo rechacen; al exceso de trabajo. Y a nadie le digo sobre esto. Ni me muestro así porque si yo expusiera la realidad de lo que siento todo se pone caótico, extraño, y volvemos al recuerdo de cuando mi hijo casi moría en el accidente, por otra parte, estamos viendo a mi sobrino morir sin saber por qué. Mi hermana no sirve para este tipo de situaciones es mi sobrina de treinta cinco la que toma las decisiones porque mi hermana ya no le queda casi nada de juicio. No llores, lo bueno por decirlo de alguna manera es que mis exigencias ayudaron para que confiada me dijeras lo que te pasa. Haría un tapete de flores para ti si tuviera una barita mágica. Abrazada se despidió apresurada y salió dejando su aroma a rosa marchita. Cómo tratar, por otra parte, a este otro hombre intolerante, mañoso y actor. Es su modo de vestir; casi siempre para mi suerte, está de buen humor. Sus comentarios fuera de lugar, su mirada de que te daría por todas partes; su vanidad tan pero tan mal fundada. Cómo hago para que este hombre entienda que mi trato con él es sólo estrategia para no tener ningún lio con él; ningún asunto extraño en el trabajo, ambiente que su vanidad errada le hace creer que él domina prominentemente. Porque si algo había aprendido en sus terapias con Rosita era que el respeto se imponía elegantemente pretendiendo, o mintiendo ser protagonista diciéndose que uno es valioso e importante para así al final, llegar a creerlo con tal convicción hasta proyectar eso en la realidad. Y todo para que lo tenga que aplicar frente a un cabròn. Reforzar la inconclusa dependencia de tener un maestro que impone sus cátedras en tu propia inventiva de individualidad: Porque ese era el verdadero problema de la presencia de ese tipo: la obligaba a mentir, haciendo así una colaboración para su propio bienestar. Eso jamás lo aceptaría con maestría o gobierno. Porque esas terapias pasadas con Rosita, con gente desconocida o incluso, con personas con la que trabajaba o colaboraba eran todas reuniones, conquistas y coqueteos al permitir que esa terapeuta sublime y prudente estuviera de visita por temporadas invaluables, cortas o largas. Su lucidez la llevaba a permanecer en su gran habitación de existencia para y no evadir por su puesto así el miedo a su naturaleza múltiple en potencial y personalidad; ya no estaba asustada de descubrir la ilimitación de su peculiaridad, eso era una mentira. Pintaba sí, sabiendo que podría a partir cualquier viaje en su presente; había evadido la plenitud sin razón aparente, es más lo había decidido sólo por aburrimiento. Como emprender los caminos de las pasiones que supuestamente en ella conocía, era todo un juego, una burla a sí misma. Un entretenimiento más. Había reconocido en la mujer cristiana la ambición mutua, ambas se hacían bien. Era ya una relación de deliciosamente distorsionada. Una se permitía ser la pauta de su progreso y la otra encantada le exponía todas las mentiras que se le ocurrían referente con su vida familiar para convencerla de que todo podía pasar por el cosmos del entendimiento. Porque en ella la sola reacción consciente  de tener la oportunidad de exponer su soltura ante la vida era ya una hazaña favorable y sobre todo, única entre las dos. Me escuchas, te pago con algo y aprendemos de ambas. Era un trueque malvado disfrazado de simpatía. 



Foto adquirida del muro de facebook Vicente Luis Mora.

El mundo es una mierda.



Me dirán que estoy equivocado, pero prefiero a los animales que a los humanos. Ellos son mi predilección, y no la idiota humanidad, sé que esto produce que me rechacen, ni me importa. Positivo es, que piensen o digan que soy un amargado. Nada de eso, no. Si yo tengo mucho sentido del humor, tan negro y fuerte. Tanto como mi ego. De todos modos, hasta la mierda estoy de la humanidad, con lo único que me quedo de ella es con la historia de algunos personajes que han sabido destacar a través de la historia, eso sí me agrada. Si no se es un Hijo de Puta, uno no llega a ninguna parte en esta vida y lo que es peor, realmente no me gusta ser Hijo de Puta, pero sí me divierte mucho serlo. Además, la gente es tan idiota que ni cuenta se da de lo que realmente pienso de ellos, basta con ser educado y ya está todo lo creen; que un buenas tardes, que un mucho gusto, que una sonrisa; el sólo hecho de permanecer callado agrada; el comer apropiadamente, el andar bien vestido; el verse distinguido y con una imagen pulcra y presentable. Hoy sin que hagas caso de toda esta impresión quiero que conozcas más sobre mí, digo, si se te da la gana. A mis papás les dijeron que debieron llevarme a una escuela especial, para niños avanzados decían, pues mi capacidad mental para retener la información acrecentaba de modo natural y no soportaba los ritmos de trabajo normales y disciplinados; me torturaban, entonces desde entonces entendí no era común al resto de los niños. Aún así, no llegaron a llevarme a la escuela para niños especiales. Si no hubiese sido por mi abuelo, que tanto les insistió a mis padres en que fuésemos con sicólogos y escuelas para niños superdotados, mis padres se quedaron sólo en el intento. Padezco del aburrimiento desde que recuerdo. Nunca me gustó jugar idioteces, como ya dije, prefería a mis animales que a mis hermanos. Trotar encima de los caballos, educar halcones; andar sobre árboles, comer de ellos; orinar niñas desagradables y engreídas; ser salvaje. Las mujeres, todas en el fondo son unas putas y eso no está mal, está genial, es re normal. El problema es que nunca saben elegir con quien de verdad serlo, por lo común ellas experimentan creyendo que así vivirán a máximo su lado putesco y por lo regular, se exponen sólo al peligro. Eso no conviene a nadie. E igual soy prejuicioso, me parece vulgar que una mujer tenga muchos pitos (sean estos de juguete o reales). Lo ideal sería que descubriera todo su potencial sexual con un sólo hombre, ya sé estarás ahora riéndote de mí, pero así lo creo. Soy consciente de que tengo una naturaleza narcisista hasta eso muy educada: tengo la firme convicción de que nadie es más que yo. En mis trabajos eso siempre lo he aclarado con miles de modos y a decir verdad, no me molestan porque debe intuir que si lo hacen les pego con maldades serias: destruyo su vida familiar sin ningún lógico remordimiento. No me canso de decirlo, la gente es una b a s u r a. Cuando estudiaba medicina me daba cuenta que no quería servirles ni atenderles. Había estudiado medicina porque me volvía loco con todo lo que mi mente procesaba y era reflexivo al saber que necesitaba disciplinar mi locura y me funcionó. Mal no me iba, hasta cátedra daba  y terminé siendo médico forense en lo que me involucré en política al hacer un hospital para los que no podían pagar consulta. Lo que limitó mi trabajo como médico y la suspensión absoluta de mi licencia, todo porque le di un golpe  fuerte a mi superior, la licencia no me importó, el que me hayan quitado identidad me jodió hasta el corazón, literalmente hablando. Yo la verdad, si por mí fuera, no tuviera relación con nadie en esta vida. Sólo iría a trabajar y el resto la verdad no me importa; con nadie sociabilizaría. Eso sí, necesito sólo algunos que me escuchen y se sientan menos que yo. Porque he de decir que no soporto a la gente que no piensa mucho, sobre todo las mujeres, y encima que no piensen. Tuve una novia que me decía en el fondo tenía un gran problema de aceptación en general: ante la vida, las personas, sobre todo sobre mí mismo, yo la tachaba de loca por supuesto. Me daba a entender otra cosa, se reía mucho al decírmelo, gracia me causaba, pero ella por igual sabía que puedo llegar a ser un actor estupendo en absolutamente todas las áreas de la vida, y lo mejor aùn, bajo cualquier circunstancia. La gente cree que ser actor es sólo hacer obras de teatro, o cine o televisión. Ser actor puede ser la cúspide de la falsedad o maldad, por ponerle nombre, recordemos que todo es con ojo con el que se mire dicen por ahí los sabios.
 Yo debí nacer en un ambiente fashion, y así sólo me dedicaría a los caballos, a la música y a mis perros. Yo he estado casado por mucho tiempo, ahora ya separado por más de seis  años. Tuve buenos momentos con ella; yo creo que el matrimonio sirve en realidad. Así tengo a alguien a quien manipular y querer al mismo tiempo. Cuando me canso de las responsabilidades cotidianas, ella responde un poco. Tener una relación estable con una mujer conviene a ambos, esa es la mejor parte, además el sexo seguro es muy aprobado por mí, no te enfermas, no te llevas sorpresas, y si engorda pues no importa mucho, igual tengo ya historia erótica con ella y me valgo de eso, a una mujer la puedes retener en tu vida por una buena participación en la cama, hasta ahora ninguna me dio queja. Volviendo al tema de la gente, tengo algunos estereotipos que si me agradan: las mujeres con lentes por ejemplo, me gustan. Las que llevan el cabello medio, medio largo o largo por igual me agradan; las sin tetas y cabello muy corto no me gustan. Las que se lo cuidan y las que no engordan a voluntad. Las que se ven finas. De la gente joven me gustan los ingenuos y los nerds. Y de la gente mayor las parejas que tienen más de cuarenta años en matrimonio. Algunos creen que son mis amigos porque ellos lo sienten así, pero no porque yo lo considere. Yo no creo en la amistad, me gusta tener onda con las personas, eso sí, pero de eso a que seamos amigos es otra historia. Yo no lo soy de nadie. Mi relación con mi hijo es otra cosa, es mi hijo y lo será siempre. Uno de mis temas predilectos es el morbo, al igual que los documentales super alterados de History. El morbo es un elemento que nos ayuda a ser más hijos de puta; no a ser moralistas, ni certeros; mucho menos ser buenos religiosos, o buenos miembros de unas sociedad como algunos piensan, en realidad le hemos dado otra función. Por morbo y curiosidad se han logrado miles de cosas en esta vida. Es más, mas que información de calidad en los medios de comunicación hay más material para nutrir el morbo que la curiosidad bien fundamentada; el morbo y la curiosidad han sido amantes y hoy, son enemigos, como sucede con las mujeres. Que por cierto algunas han creído ser más protagonistas que yo. El morbo genera millones y millones de dólares. Más que los doctores en  historia; que los literatos o los científicos. Las masas tienen un gusto especial por lo vulgar, siempre ha sido y será así e igual está la cultura popular pero eso es otra cosa. Las personas me recuerdan a los emperadores romanos y sobre todo a los griegos, que sólo vivían para el placer y promoviendo lo grotesco. Eran unas bestias, nada dista de lo que ahora la sociedad hace y acepta con beneplácito absoluto. Es más, creo que algunas personas antes de ser humanos, fueron ratas; no ratas no porque irónicamente son de los animales más inteligentes aunque nadie lo sepa. Soy intolerante y falso, pero no todo está podrido en mí. Veo las realidades como son: puedo ver cómo un hombre prefiere ir y encamarse con un culo gordo que se vende, que ir a divertirse con su esposa a comer un helado por ejemplo o ir de paseo al campo. Cualquier idiota genera buen dinero, basta con servirle y dejarse humillar por un superior y actuar como que eso es lo correcto. Cualquier puta refinada actúa como esposa sin serlo de verdad, miles de mujeres hay que coquetean frente a sus maridos, y ellos lo hacen por igual, incluso con hombres. Las mujeres que creen ser las más fashion de su sociedad, buscan la perfección y apariencia para continuar teniendo algunos beneficios, y he de confesarlo, para mi asombro me he llevado mis sorpresas, hay algunas que sí piensan. Se mantienen flacuchas; hacen ejercicio y no estudian. Por ahí de vez en cuando aparece un patito feo muy brillante. La sociedad es una verga. En la política por ejemplo, ahí sólo los Hijos de Puta logran hacer algo: o roban todo, o matan lo que no sirve o lo que sirve, les da igual y siempre se divierten haciendo espectáculos vulgares e increíblemente inconcebibles, lo que siempre digo: el mundo está regido por idiotas en absolutamente todos los ámbitos. 


domingo, 25 de noviembre de 2012

Arteria abierta.

Arteria abierta.


Que mi vida sea una entidad. Como diablos se hace eso. Se correrá tanta suerte para nacer en una familia que te proporcione equitativamente una esencia, un valor inconsciente. La osadía de intentar convencerte siempre de que tu existencia produce una alegría especial no sólo a tu perro, sino a tus felices progenitores. Inconcebible, sí. Mejor que un pájaro lastimado, eso eres: una rosita viva, fuerte y abierta. Seguro lograrlo puedo. Si miro a la gente que viene en este ómnibus, yo si parezco más una flor que una del montón. Lo bueno que por acá por lo menos tener un poco de dignidad cuenta, pues no andaré con cualquiera. No, no ni lo mande Dios. Con estos pesos podré comer un poco mejor, de perdida un trozo de carne este mes; pagar el cuarto de renta y lo que más me ilusiona, podré comprarme un celular. El último modelo, ese blanco que el muchacho guapo anuncia en el cine. Andaré  in. Ser fashion antes era andar en un auto deportivo, ser popular y andar con las chicas paseando bien vestida y de apellido eso sí, sin importar que éste fuera de mafioso, lo que importaba era andar cerca de la gente que tienen apellidos re co no ci dos. También lo era el irse a mojarse a los tubos gigantes llamados pozos ¡Eso era la onda! Ahora andar apretadita, vestida igual toda la semana no importa, cuenta que uno vaya al casino a diario viéndose un poco elegante. Que mejor entretenimiento que esas máquinas re bonitas y nuevecitas. Quien quita y me consigo a un buen partido, siempre hay hombres casados que traen dinero para gastar, es más ahí van todos los abogados de la ciudad, y unos médicos según la Betty dice. Un buen escote, un poco de mentirilla y listo. Así me dejo ya de andar por las calles de la ciudad exponiéndome a los fríos, a  las miradas libidinosas de esos cabrones que a decir verdad, en vez de sentir desagrado ya me gusta. Expuesta siempre he estado, por algo mi tío siempre me decía que mientras no se notaran las tetas aún sólo él podía tocarme, a decir verdad ya estaba acostumbrada, no olía tan mal. Y su gordura no era tan desagradable. Que habría dicho mi padre si supiera lo qu el tío no hacía a la carnala y a mí, con eso que la familia era lo primero, terminó el pobre casado con la vecina de toda la vida a pesar de su extrema gordura; tanto que molestó a mi má cuando engordaba. Yo siempre creí que mi padre se sintió culpable de dejar a mi abuela morir en malas condiciones en aquel asilo. Pensándole bien, esa vecina era un tanto igual que mi abuela. Mi abue tenía dislexia y terminó postrada en una camita fea y  ruidosa. La veci es un cerdito limpio, e igual me la imagino ruidosa. Pero bueno, todavía falta para que termine yo  así. Aún mis piernas se ven lindas en falda corta, a veces hasta polvo les pongo para que tengan un bronceado chic que he visto en las pelis de las artistas, esas que se ven bonitas siempre. Este es el plan: mañana viernes después de las diez horas de trabajo en la fábrica comenzaré  a ir al casino todo  el fin de semana al casino, y no pienso invitar a nadie, me iré solita. Le tendré que mentir a mi má para que no se enoje, pero … qué le puedo decir. Ya sé: le digo que tengo tarea de prepa abierta; lo bueno que ocupada está con su cerveza de medio litro que tanto quiere. Ni cuenta se da mi má.
Esto si me gusta. A nadie conozco, pero se ven como gente 
importante. Basta con verles las naves en las que andan. Uno rosa, un escarabajo rosa le tengo que sacar a un cabrón ricachón.  Y para mis uñas unas piedritas para todo el mes. Grandes como garras de tigre, así impongo respeto. Si me dejaran los gordos estos de seguridad grabar todo con mi nuevo cel podría ver quien es quien y  así saber a qué hora llegan los buenos peces. No sea que me toque uno de esos que trafican cosas; y ahí sí, así me chingo sola por un cabrón que por cualquier dinerito queda feliz. No, eso no me va a pasar, yo tengo cabeza, y muy puesta eh. Cómo te llamas, Martha. Y tú. Roberto. Mucho gusto. Mamita que ricas piernas se te ven por ahí.  Gracias, eso es poco. Modesta. Sí, estoy joven y tú no tanto, así que sabes como es esto, seguro tienes hijas de mi edad. No se te ve tan chica. Ni  a ti tan decente. Te invito unas cervezas. No tomo de esas, pero un cigarro o una buena cena sí te acepto. Y qué otra cosa aceptarías. Pues, un poco de mota. De esa tengo. Bueno, vamos. ¿Ahora? Sí. De dónde me dices que eres. De eso no hablo. A pues menos  yo cabrón. Mira putita barata, te sales por la puerta de enfrente disimuladamente y con prisa, eso sí más te vale que parezca natural y me esperas en la banca de fuera sin moverte, y sin llamar a nadie. Y… qué diablos quieres. Un tiro en su frente, sangre y sus lindas piernas sobre el celular. A las tres horas le leyeron a la madre la noticia que en un periódico que la vecina logró enviarle. No. No. Esa no es mi chamaca; se escapó seguro con uno de la escuela, últimamente se mataba de hambre. Yo siempre la vi centradita a mija. 





La esposa de su amante (en relación a ti, en relación a mi)





Aliento a pinos poetizados por la lluvia, su aliento era así para ella. No sólo la mano que postrada suavemente a su cuello la acercaba tanto a él; algunas veces, no sabía que la enloquecía más si ese docto brazo ahí, o la fuerza del otro, que la encajaba tan certeramente a él. Ambos brazos,  ambos troncos amados. Había aprendido a conocerle por esas caricias más que sus palabras o actos. Los tan mencionados pequeños detalles: la cama perfectamente vestida y acomodada como si fuese una almohada elegante y perfumada. El mantener en la cocina o en la heladera, platillos frescos y con potentes fuentes de vitamina. El modo que le acariciaba el cabello; la mirada que amablemente le regalaba al perro. Era difícil imaginar que pudiera tener otra vida enroscada a su matrimonio pasado. A pesar de buscar constantemente la aceptación y el apoyo de su nueva familia no dejaba de actuar, varias mentiras encubiertas ella había callado. Había por igual algo en él que a ella no le parecía normal. Si la gente es idiota el mundo funciona al ser uno hijo de  puta. Sino basta al ver al mundo, sólo funciona así. Incluso la gente siempre decide en base a lo conviene. Aún teniendo éxito, incluso es así como deciden tener hasta hijos. Sino se es H.de P. uno no progresa. Poéticamente lo decía al limpiar el piso con soltura y determinación. ¿Sí, diga? Es usted la señora Galindo, para servirle. He recibido un correo a su nombre diciendo que mi marido vive con usted. ¿Perdón? Sí, mi marido se fue de casa hace mucho tiempo que para generar dinero en un nuevo país que porque acá nada podía hacer uno. Mire señorita a pesar de que sé que mi marido se equivocó al ir como idiota detrás de sus nalgas, porque no se ofenda, pero una nalga no puede ser nunca mejor que la mujer de su juventud. O no piensa usted así. Seguro que no señorita, porque al sólo mencionar yo su nombre, me doy cuenta que contra usted no se puede competir: parece usted una puta refinada, basta con verle el maquillaje cuidado que siempre uste usa. Y esos peinaditos tan perfectos. Debe ser usted una rompe huevos, de esas con corona y todo.  Mujer, qué amable. Mire señora, su marido sigue siendo tan suyo como usted lo desea, nadie es de mi propiedad, mucho menos un hombre. En esta vida uno se pertenece o no, así de simple y difícil de lograr. Sin anillos, sin divorcios, sin estereotipos y con plena confianza le puedo decir a usted que no se preocupe de nada. Su marido hará como siempre lo que él desea, y eso no está mal, y no porque lo defienda, no es eso señora, hijo mío por fortuna no es. Lo digo porque al final usted y él, seguirán haciendo lo que deseen pese a la vida e interacción que tengas ustedes con otros, aún si es por separado. Yo  no peleo a un ser humano querida, eso restaría credibilidad a un sentido humano que siempre me ha rescatado de cualquier situación en extremo crítica y por otra parte, la historia de dos seres no tiene nada que ver conmigo. Sí su marido vive conmigo y a decir verdad él confirmó que tiene separado de usted ocho años, es en realidad asunto mío y de él  Y como no viví cerca de ustedes, nunca me preocupé por averiguar la verdad, ni me interesa. Pues la verdad para mí es mucho más que la inventiva que dos seres hagan, o peleen. Es absurdo. Puede usted hablar con él libremente, no soy su madre y ya son lo bastante grandes para saber lo que es normal y anormal. No me agobia, ni me concierne. Un par de insultos y la conversación se dio por terminada. La vida le parecía una comedia, pero no digna ni reflexiva, sino altiva: al conocer cómo su madre había rechazado el honor de ser su madre, y sobre todo de verla transformada en un ser hipnóticamente idiota. Sus códigos humanos se habían adormecido tanto que parecía carente de ellos a pesar de su intención ingenua de ayudar obteniendo siempre a cambio algún permiso para seguir viviendo su aturdida libertad. No era culpa de ella. Es más hasta tolerancia y simpatía le seguía teniendo. Había desarrollado entretenidamente una desconfianza ya inhumana y lo mejor de todo eso, era que sabía hasta donde podía llegar en su desconfianza. Nunca se le escapaba un gesto inhumano, por el contrario, conocía la balanza que le proporcionaba la cordura. Por otra parte, sabía de lo que una persona inconforme e infeliz podría  llegar a ser capaz. Había diferencia entre el concepto de H. de P. y el de vivir aturdidamente por una gran inconsciencia que cegaba cualquier juicio prudente. Lo que esos dos amores le ofrecían no era una lista de privilegios certeros. Sino por el contrario, los regalos que estos desmesuradamente le habían dado a su vida era una lista de tres palabras que enlistaba y recordaba cada que abría su agenda para trabajar. La organización se había convertido en una clásica estrategia para seguir considerándose íntegra ante sí misma. Una de las razones más importantes que había encontrado para seguir sus estrategias silenciosas de crecimiento era la de saber interpretarles con distinción y con una tanto de imaginación. Eso siempre le había aligerado los diversos escenarios de algunas idiotas obras trágicas y camuflageadas por su vida personal, sobre todo familiar. Ni Edipo, ni incluso el personaje de Yocasta, ni mucho menos las pasiones existencialistas de Hamlet la convencieron en su momento de que las relaciones humanas a pesar de tener un natural fervor de pasión, podrían ser tan destructivas. Es más, había tenido la clara idea de que lo que más caracterizaba a la naturaleza humana era esa capacidad natural de entender apropiadamente su libertad, echado a perder en algunas ocasiones ese derecho natural ya bendecido sin obra ni maestro. Un ser humano podría ser tan racional y mal intencionado dependiendo de los estimulantes de vida que este vivía, o generaba. O sea, la vida era inventada, sí pero poseía uno el derecho de dibujar en ella a ritmo propio, con sangre o sencillamente con pinturas acrílicas ligeras algunas vertientes de esa comedia que pudiera ser no sólo una poética versión. La vida para ella era un pincelazo de Dalí en acuarela: complejo por sí mismo absurdo de entender pero sobre todo, una fácil y completa presentación de paisajes y sujetos libres y completos, listos para cualquier mirada humana. Tenía el ser humano un profundad capacidad de filtrarlo todo: incluso el odio, la desolación; o incluso, al máximo dolor inhumano, aunque este fuese constante o cotidiano. Nadie era dueño del destino de otros pese a la aguda maldad de algunos. Pensar en ello era tan incongruente como el máximo esfuerzo de un ser mezquino. No entendía eso sí, cómo los humanos podían descuidarse, negarse o marginarse tanto, como personas o como seres en grupo. Por qué darles a los demás semejante regalo; por qué exponer la integridad así. Por qué dejar de tener intimidad con ella misma y tan abiertamente. En horas de sueño el tiempo de vivir a solas las horas nocturnas; o el simple contraste de hacer algo que le encantaba sin definir bien los motivos y los alcances de tal fascinación. Por una parte la serenidad de entender como cuidar el enorme filtro que había descubierto y por a su vez, conocer la antítesis que todo esto producía. Una noche dejó una carta así misma antes de  emprender un viaje en una barca pequeña e indefensa diciéndose: ¨ Antes de renunciar un poco a mis sentidos te digo: las palabras son eternos fonemas de una bastarda. El espejo cae. Ahí me vi obligada a conocerte. Con derroches de un poco de sangre y rupturas serias; riesgos perturbados para así conocer o identificar el amor a los que no falsifican sus sueños, o por lo menos un grado de carisma en ellos. Desde niña me habían dicho que creer en la libertad como esencia de un ritual cotidiano era un profundo error. Sin embargo, nadie pudo nunca controlar la elegancia de extender mis brazos como cuando  cuerpo ágil giraba en el cielo para mostrar que la habilidad de amar era hasta esa fecha, lo más sensato que poseía. Ocupé inmensamente de la amabilidad y no la veía ni en mi ropa, ni en mi sopa, mucho menos en las palabras y actos en mis primeros contactos humanos. La encontré en mis manos encerradas ante las cajas de la especulación. No dejé de matar en lo que no creía anteponiendo la sonrisa que no dejaba que ahogara aniquilando ni a sus parientes. La sensatez de un alma que se estructuraba ya sin o en deformación. Nací de nuevo al no estrangularme al no pegar los trozos de mi ser ceremoniosamente. El tinte de devoción a la tristeza y tortura dejó un lindo habitad en mí. Las sonrisas no fueron arranques de simpatía por los demás, sino en su momento se convirtieron en hazañas finas y propias que anidaban mis  secretos. Hoy que parto de hago esta carta como un detalle de seguimiento. La misión será poder estrangularme sola para llegar a la perfección de una belleza tan frágil e inhumana que arrase con la testarudez de mi razón, pero es por supuesto un viaje que solas debemos hacer, sin justificante ni compañía alguna. 







]

Edipa Rey.




Aliento a pinos poetizados por la lluvia, su aliento era así para ella. No sólo la mano que postrada suavemente a su cuello la acercaba tanto a él; algunas veces, no sabía que la enloquecía más si ese docto brazo ahí, o la fuerza del otro, que la encajaba tan certeramente a él. Ambos brazos,  ambos troncos amados. Había aprendido a conocerle por esas caricias más que sus palabras o actos. Los tan mencionados pequeños detalles: la cama perfectamente vestida y acomodada como si fuese una almohada elegante y perfumada. El mantener en la cocina o en la heladera, platillos frescos y con potentes fuentes de vitamina. El modo que le acariciaba el cabello; la mirada que amablemente le regalaba al perro. Era difícil imaginar que pudiera tener otra vida enroscada a su matrimonio pasado. A pesar de buscar constantemente la aceptación y el apoyo de su nueva familia no dejaba de actuar, varias mentiras encubiertas ella había callado. Había por igual algo en él que a ella no le parecía normal. Si la gente es idiota el mundo funciona al ser uno hijo de  puta. Sino basta al ver al mundo, sólo funciona así. Incluso la gente siempre decide en base a lo conviene. Aún teniendo éxito, incluso es así como deciden tener hasta hijos. Sino se es H.de P. uno no progresa. Poéticamente lo decía al limpiar el piso con soltura y determinación. ¿Sí, diga? Es usted la señora Galindo, para servirle. He recibido un correo a su nombre diciendo que mi marido vive con usted. ¿Perdón? Sí, mi marido se fue de casa hace mucho tiempo que para generar dinero en un nuevo país que porque acá nada podía hacer uno. Mire señorita a pesar de que sé que mi marido se equivocó al ir como idiota detrás de sus nalgas, porque no se ofenda pero una nalga no puede ser nunca mejor que la mujer de su juventud. O no piensa usted así. Seguro que no señorita porque al sólo mencionar yo su nombre me doy cuenta que contra usted no se puede competir: parece usted una puta refinada, basta con verle el maquillaje cuidado que siempre usa. Y esos peinadito tan perfectos. Debe ser usted una rompe huevos, de esas con corona.  Hombre que amable. Mire señora, su marido sigue siendo tan suyo como usted lo desea. En esta vida uno se pertenece o no, así de simple. Sin anillos, sin divorcios, sin estereotipos y con plena confianza le puedo decir a usted que no se preocupe de nada. Su marido hará como siempre lo que él desea, y eso no está mal, y no porque lo defienda no es eso señora hijo mío no es. Lo sigo porque al final usted y él seguirán haciendo lo que deseas pese a la vida e interacción que tengas ustedes con otros, aún si es por separado. Yo  no peleo a un ser humano querida eso restaría credibilidad a sentido humano que siempre me ha rescatado de cualquier situación en extremo crítica y la historia de dos seres no tiene nada que ver conmigo. Sí su marido vive conmigo y a decir verdad él manejó que tiene separado de usted ocho años.  Y como no vivo cerca de ustedes nunca me preocupé por averiguar la verdad ni me interesa. Puede usted hablar con él libremente, no soy su madre y ya son lo bastante grandes para saber lo que es normal y anormal. No me agobia, y por otra parte ni me interesa. Un par insultos y la conversación se dio por terminada. La vida le parecía una comedia, pero no digna ni reflexiva, una consternante y altiva: al conocer cómo su madre había rechazado el honor de ser su madre, y sobre todo de verla transformada en un ser hipnóticamente idiota. Su códigos humanos se habían adormecido tanto que parecía carente de ellos a pesar de su intención ingenua de ayudar obteniendo siempre a cambio algún permiso para seguir viviendo su aturdida libertad. No era culpa de ella. Es más hasta tolerancia y simpatía le seguía teniendo. Había desarrollado entretenidamente una desconfianza ya inhumana y lo mejor de todo esto, era que sabía hasta donde ella podía llegar en su desconfianza. Nunca se le escapaba un gesto inhumano, por el contrario, conocía la balanza que le proporcionaba la cordura. Por otra parte, sabía de lo que una persona inconforme e infeliz podría  llegar a ser capaz. Había diferencia entre el concepto de H. de P. y el de vivir aturdidamente por una gran inconsciencia que cegaba cualquier juicio sensato. Lo que esos dos amores le ofrecían no era una lista de privilegios certeros, dinos para conquistarla fervientemente. Sino por el contrario, los regalos que estos desmesuradamente le habían dado a su vida era un lista de tres palabras que enlistaba y recordaba cada abría su agenda para trabajar. La organización se había convertido en una clásica estrategia para seguir considerándose proba ante sí misma. Una de las razones más importantes que había encontrado para seguir sus estrategias silenciosas de crecimiento era la de saber interpretarles con distinción con una tanto de imaginación. Eso siempre le había aligerado los diversos escenarios de esas obras trágicas. Ni Edipo, ni incluso el personaje de Yocasta, ni mucho menos las pasiones existencialistas de Hamlet la convencieron en su momento de que las relaciones humanas a pesar de tener un fervor natural de pasión podrían ser tan destructivas. Es más, había tenido la clara idea de que lo que más caracterizaba a la naturaleza humana era esa capacidad natural de entender apropiadamente su libertad. Un ser humano podría ser tan racional y mal intencionado dependiendo de las estimulantes de vida que este vivía, generaba y consideraba. O sea, la vida era inventada, sí pero poseía uno el derecho de dibujar en ella a ritmo propio, con sangre o sencillamente con pinturas acrílicas ligeras. La vida para ella era un pincelazo de Dalí en acuarela: complejo por sí mismo absurdo de entender pero sobre todo, presentes para cualquier mirada humana. Tenía el ser humano un profundad capacidad de filtrarlo todo: incluso el odio, la desolación; o un máximo dolor inhumano. Nadie era dueño de el destino de otros pese a la aguda maldad de algunos. Pensar en ello era tan incongruente como el máximo esfuerzo de un ser mezquino. No entendía eso sí, como los humanos podían descuidarse tanto, como personas o como seres en grupo. Porque darles a los demás semejante regalo; por qué perder el tiempo así. Porque dejar de tener intimidad abiertamente. En horas de sueño el tiempo de vivir a solas las horas nocturnas; o el simple contraste de hacer algo que le encantaba sin definir bien los motivos y los alcances de tal fascinación. Por una parte la serenidad de entender como cuidar el enorme filtro que había descubierto y por a su vez, conocer la antítesis que todo esto producía. Una noche dejó una carta así misma antes de  emprender un viaje en una barca pequeña e indefensa diciéndose: ¨ Antes de renunciar un poco a mis sentidos te digo: las palabras son eternos fonemas de una bastarda. El espejo cae y obligada estàs a concerte sobre todo en silencios melodiosos de quebranto. Ahí me vi obligada a conocerte. Con derroches de un poco de sangre y rupturas serias; riesgos perturbados para así conocer o identificar el amor a los que no falsifican sus sueños, o por lo menos un grado de carisma en ellos. Desde niña me habían dicho que creer en la libertad como esencia de un ritual cotidiano era un profundo error. Sin embargo, nadie puedo nunca controlar la elegancia de extender mis brazos como cuando  cuerpo ágil giraba en el cielo para mostrar que la habilidad de amar era hasta esa fecha, lo más sensato que poseía. Ocupé inmensamente de la amabilidad y no la veía ni en mi ropa, ni en mi sopa, mucho menos en las palabras y actos en mis primeros contactos humanos. La encontré en mis manos encerradas ante las cajas de la especulación. No dejé de matar en lo que no creía anteponiendo la sonrisa que no dejaba que ahogara aniquilando ni a sus parientes. La sensatez de un alma que se estructuraba ya sin o en deformación. Nací de nuevo al no estrangularme al no pegar los trozos de mi ser ceremoniosamente. El tinte de devoción a la tristeza y tortura dejó un lindo habitad en mí. Las sonrisas no fueron arranques de simpatía por los demás, sino en su momento se convirtieron en hazañas finas y propias que anidaban mis  secretos. Hoy que parto de hago esta carta como un detalle de seguimiento. La misión será poder estrangularme sola para llegar a la perfección de una belleza tan frágil e inhumana que arrase con la testarudez de mi razón, pero es por supuesto un viaje que solas debemos hacer, sin justificante ni compañía alguna. 
]

viernes, 23 de noviembre de 2012

Clips en su cabello (desvistiéndose).


Hacerles creer (a los novios) que a pesar de sus rarezas prejuiciosas  (Lo único que sabes hacer es abrir las piernas. Sólo usas ropa de Walmart, ropa sin clase; plana; no eres en realidad tan linda, eres exótica. Siempre andas en la luna. Estás loca).

En algún momento tendría la posibilidad de hacerles notar la impertinencia de sus insultos, haciendo lo que mejor sabía hacer: usando las palabras, en estos casos,  lo magistral radicaba en esperar siempre por los momentos oportunos. Lo que digan no me devastará. Es más, lo consideraba un poco divertido. Sabía que la historia; la trayectoria en la vida era de ella; de un poco de los árboles, de su amor a la vida y de quien merecía la ciega entrega de su lealtad. Repartía todo esto.  A borbotones, con euforia, con poesía, con serenidad, locura, y por diversas razones. Con el tiempo había descubierto que tenía derecho a casi todo: a mentir ingenuamente, a coquetearle a la vida, a enamorarse como adolescente, a recibir en o durante naufragios amabilidad y sobre todo, tenía derecho a la legalidad de crecer ilimitadamente con los medios que ella encontrara sorprendentes en su camino y que para su suerte, nunca dejaban de aparecer.

 Había renunciado a ver con tanto romanticismo sus esperanzas utilizándolas mejor como clips para su cabello. Nadie las notaba, y era eso de lo que más gustaba. Tener secretos eran motivos de vida, eran una de sus seducciones predilectas. Le había costado conocer la superior importancia de estos. Las reservas  eran la fuerza misma de su existencia.  En sus manos, y en el sudor casi de inmensas hiervas encontraba seguridad; un gran respaldo. Su independencia había estado un poco fracturada por las involuntarias faltas de atención que en su primer hogar había conocido. Ni aún con la madurez podía olvidarse del todo de ellas, habían repercutido como un eco interminable en espacio, fragmentos tan íntimos incluso, hasta de su sexualidad.

 Como no hacerlo, siendo ella  una historia misma. Sus deberes ante la vida se habían modificado tristemente a temprana edad, de ahí su nostalgia por lo inconcebible y poético, ridículo, tal ves. Un poco genuino, sí. Era su destino el deberse a sí misma y para una natural satisfacción, ella lo veía como una aventura más que digna, era, la única que en realidad había conocido  profundamente. No se temía; se reconocía en todas partes: en los reflejos de las  ventanas, en sus prendas; en sus mascadas; en su maquillaje. Entre prisas; en sus bolsas, en sus recetas; en sus lecturas. Cambiaba siempre de perfume sin jamás repetirlos. Tal parecía que su tendencia a interpretar a las personas y sus experiencias, eran desde un comienzo, un hábito inconsciente de supervivencia. Gustosamente siempre se equivocaba, desde un comienzo pensaba que la gente andaba en la vida con una tenue ingenuidad, creyendo así espontáneamente en ella hasta que conoció en repetidas ocasiones, los niveles de maldad de alguno y otro.
Como Los fríos no eran para sus pulmones, ni para sus enguantadas largas manos, los fríos que ella había vivido eran frescos que la atormentaban, la que los demás quebradamente presentaban. Nunca la ofendieron con sus deshonestidades, sino por el contrario, llegó a agradecerlas, muy en silencio y magistralmente colaboraron para dar forma a su concepto de honorabilidad. Era tan libre, como la soltura de su falda, como los colores de las abrumadas temporadas de invierno, de infierno.




P. Bausch Vìa  muro de facebook de Rafael Alomar Company.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Con aroma a madera

                       Con aroma a madera

El deseo de ser selva al oler las hierbas. Angustiada leo la carta con aroma a madera. La he escrito en tantas ocasiones y sin embargo la siento caída, mojada, vacía. Debe ser el intento constante de establecer el diálogo conmigo, aburrida he de estar de vestirme tanto en mí. ¿Servirá? Entro a la puerta y las burlas; risas... me recuerdan irónicamente que ocupo yo la libertad, pese a mi consciencia cansada y vestida. Y O = liberdade. Somos juntos, la mejor hipótesis variable. Te he perdonado, pues segura estoy de no ser río sereno. Recuerdo el día que me acusaste de ser execrable. Le has echado la culpa a algunas soledades acumuladas ¿Quién en esta vida no tiene un corazón con abominaciones surgidas por dichas acumulaciones? Quién sino nosotros, testigos en intimidad para hablar de estas buenas formaciones. !Qué atrevimiento el nuestro! El darle un nombre, más absurdo aún, adjetivos a la verdad.
De aquella tarde, tan llena de flores, recuerdo al pecho tan abierto de arena. Nada pudo dejar de dolerme, desde ese tan entonces. Sin embargo, la corona de sol me recuerda que no pertenezco en nada a la soledad mal formada. Reconozco (en la dulzura de la mañana) por el frío, a la perturbación. Escarbaré sudorosa en tu pecho para conocer lo que quedó ahí de mí. Andas, en puentes y ríos, en cielos plenos. Me fui al extremo, me caí pero no de dolor ni de vientre. Y puedo mejor aún, entregarte la corona sin dolor, sin atadura.

                               



Cappella Sistina

                                                          
Desde pequeña había estado obsesionada con lograr algo grande en la vida. El importante rol de niña buena no era una intuición errada; el afán de sobresalir con sus calificaciones con la mano en la cintura no era un deber era ya una mágica y loca obsesión. Sin negaciones claro, a la importancia de parecer una nenita bien hecha, portada y atendida. Ella podía siempre quitarle los novios a su hermana, total era y seguro seguiría siendo una idiota, ni vestidos le gusta usar, siempre con ese afán de andar por los árboles. Era todo cuestión de tiempo, un poco de credibilidad su ingenio sentido de coherencia y al final, los padres accederían a sus peticiones, nadie le quitaría por nada del mundo su lugar. Había nacido para ser única y respetable. 
Con el  buen peinado y el cabello sedoso, como los constantes buenos aromas de las mañanas tan llenas de familia podría lograr sus definidos éxitos. Ella era la que evaluaba, más nadie, todo bebe girar en torno a ella.  Había sido ya señorita Belleza; tenía sus conocidos por toda la escuela y sobre todo, se esforzaba por agradar a sus padres. Todo cambió el día que a los diecisiete se le había aparecido el diablo, y ella había caído desmallada destinada  a morir. Su camino recién había comenzado.  
Embonó bien: un matrimonio a temprana edad, un divorcio prudente y sobre todo una vida apretada no de lujos, sino de esfuerzos por engrandecer sus expectativas de vida en el único camino seguro: la religión. Pero eso sí,  sobre todo siempre atenta al orden, a la admiración y sobre todo, a la vida cómoda. Cómo explicarles a los demás, por ejemplo, que había vivido una época de lesbianismo silencioso, o que en realidad sentía repulsión por su gemela menor desde que su memoria se agilizó, por el simple hecho de que ella representaba todo el “desorden” que para ella tanta importancia hasta había tenido. Eran sus estrañas, no podía dormir y su intolerancia era ya una enfermedad.  Ella, que había salido embarazada, que todo había tenido comenzaría por dejar de darle importancia a  su rápido primer matrimonio como podría aceptar tan libremente la inestabilidad de su hermana menor y lo que es peor, su incomprensible imperfección: su siempre atenta rebeldía, la maldita siempre ocupaba su existencia; el e s p a c i o. Además de seguro había sido muy puta en su época de estudiante universitaria; claro que sí pero si casi la veo, haciendo lo que ella siempre ha querido; divirtiéndose la muy zorra, con su sonris, su cabellito. Imbecil. Es más era tan mentirosa; no tiene seguro escrúpulos de nada y además tan, tan  puta. Era una vergüenza tener un trato con ella, una relación apegada con ella, su hermandad no podía crecer más. No eran iguales. Nunca debía tener una buena vida, por qué ella tendría  el amor de un hombre guapo, y lo que es peor, sólido. Porque no la reconocían a ella y a nadie más. La otra era loca, sucia, dependiente, mala hija. Ella en cambio, había encaminado una vida ejemplar. Digna. Probable, indudablemente cierta.  Pocas veces a esa edad de joven adulta había maldecido con profunda sinceridad, lo que con el paso del tiempo lo llegó a hacer con constante maestría.
Pero si me habías dicho que nunca te buscara y sabes que ya no importa lo que quieras. No podrás negar que lo que hicimos el Italia no tuvo importancia. No tengo por qué darte ninguna explicación lo que paso en Italia la verdad no lo recuerdo. ¿No? No recuerdas la primera orgía en tu vida. Seré clara y lo diré una sola vez: lo que hice en ese viaje es algo que ya no conozco, es algo que a decir verdad Dios ya me ha perdonado.
La joven quedó atónita, enojada agarró su bolso y se retiró tomando un vuelo para su ciudad. Ahora que recibo el don de lenguas. Ahora que me casé como debo y sobre todo, ahora que estoy por mostrar con hechos que yo soy quien merece reconocimiento y nadie más.
Soy inválida, pero decente. Soy religiosa pero intolerante, soy lo que soy pero sólo yo he adquirido la bendición de Dios. Y nunca ella, jamás ella.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Despacho



Era competitivo el ambiente que le daba escaso progreso económico. La mejor de sus ironías: verse gustosa y atenta entre libros con escasas palabras progresistas que de modo automático se hacía magistralmente, sobre todo al caminar. En vano nada, ni  las misas que llegó a asistir con una entereza demencial. De su boca podrida salió la imperfección de algunas palabras apáticas. Salió estupendamente con prudencia. Deja te cuento un poco los numerosos días que te he has inventado para vivir tu libertad. Cinco estados de cuenta ya reenumerados; la incomprensión de la madurez. Casi como un soldado salía siempre corriendo de su casa con aroma al humo de tráfico. Enlistar las carencias no le resultó nunca prometedor así “que mejor el no hablarle a nadie, el no codiciarse ante nada, ni a sus necesidades básicas”. Que si llamas por favor al Señor de nuevo que necesita le resuelvas un caso complicado. Considera que eres la única abogada con buen culo. Ya. Regrésale la llamada diciéndole que envíe un correo exponiendo el problema, los involucrados y cuanto desea pagar por mi buen servicio sin incluir  mi culo magistral.
Hacía frio casi siempre, y su espalda angosta por el placer de sentirse jorobada le hacía recordar que unos kilos menos le vendrían no sólo geniales, sino necesarios ante su imagen progresista incluía por su puesto su vanidad. No podría dejar de tener la gran reputación de buen culo; era una burla en casi todo su despacho. Siempre las reuniones establecidas;  la libertad de concebir proyectos adinerados que tenían su fijo interés para procrear así (no libros, ni hijos), sino ambiciones oscuras, negadas y sobre todo, prudentemente encaradas bajo sus cuatro paredes a nadie jamás las expondría. Había encarado las demandas de la vida sin pretensión oscura. Salvajemente ya anunciaba en su silencioso hogar una vida.  No más sexo ilimitado; sin tanta exploración, ni tantos libros en su pieza. Amantes por vender y enlistar en sus momentos lúcidos de honestidad benévola; clientes por enumerar y sobre todo, una reputación filial de una apacible y siempre auxiliar extrema  reenumerada frialdad.  La corona que mostraba, la que más agradaba.
Dos casos por defender, homicidio bajo fianza  y un divorcio adinerado en donde la mujer se prostituía con su enemigo: su esposo. Por lo general se inclinaba a los casos con mayor demanda financiera, en donde se corrompían unos a otros por extremas circunstancias accidentadas. No creía en nada, en nadie, sino solo en lo que proyectaban las acciones de sus clientes. Los enlistaba en su memoria con sus observaciones: bastaba olerles sus lociones, o verles las mentiras en sus manos. Los categorizaba no por apellidos ni nombres sino por sus niveles de maldad, primero a deseo, luego a consciencia y para finalizar a voluntad. Curiosamente con los que más se relacionaba era con los cínicos y no ante ellos se mostraba sino los veía como en extremo lo repudiable al ser ente humano. No se desprendía eso sí jamás de su perra pequeña, tan ridícula y fiel.
Esa noche estaba estudiando su caso principal (para esa semana). La violación de un psiquiatra, con mediana reputación, a su paciente esquizofrénica; joven de catorce años.  Hermosa, de piel de cielo y ojos embellecidos por el dolor de su existencia. Habían encontrado desgarre en su interior después de su pronunciado desmayo en la calle de su especialista. No había evidencia, ni titulares por cubrir pero sobre todo, no debía defenderlo en este caso necesitaba incriminarlo con majestuosa sensatez por decisión personal, por lo que ella nunca había utilizado en su trabajo: su voluntad. El idiota loquero era su padrastro; la única familia para esa joven. La abogada por accidente, la había conocido al comprar su matutino café, de prisa había olvidado la banda para su cuello que le hacía recordar a la banda de rock favorita, regresó a ella y ésta estaba justo tirada en el apestoso tambo de basura. La puso en su cuello la olfateó y miró a una jovencita golpeada, casi sin ropa expuesta al frío absurdo y amado de su ciudad. La miró directo a los ojos identificándola como una persona incapaz de levantarse por sí misma.  La levantó, le puso su saco ya caliente y le dio de su café el cual terminó encima de su elegante falda. Al segundo, recibió la llamada de un posible cliente diciéndole directamente un precio para ella decente, para cualquiera en extremo enumerado ¿Nombre; ocupación, tipo de caso? Reconoció el área vio hacia arriba y notó la silueta de un hombre que la espiaba por la alta ventana. Le niego el caso, no me interesa, aún así deje lo consulto conmigo en una hora le regreso su llamada.
A los minutos en su casa, en su buzón encontró:

                Primer plano (a manera de subtítulo) En un sobre sucio y viejo, dentro lo siguiente:
 Como estandarte hoy mi benignidad parece descansar frente a la ventana que da al campo. Entró a la habitación de mi cuerpo, viéndolo limpio de temor.  La cabellera de la noche pasó como invitada. Acompañada de agua serena, con mis dedos me reconozco. Los trazos que tenía dibujados en las paredes tomaron forma adjetivos y apellidos en color. Mirada instalada  en mi vientre. Dibujos en el piso. Cartas que te escribo en mi cabeza. Frases como “debiste exponerte; agredirme con mi soledad. Gritarla” Queda el nuevo andar, la ropa blanca y tu música al lado. Flores bajo mi puerta, encima, mis pies descalzos. Ante las manos las teclas del piano. En mis labios las líneas de tu espalda. La cintura, fotografía de ritmo. Me inclino al baúl; sobre él mi oído.
La tiró. Quedó la poesía vieja sobre la planta cercana. ¿De dónde ha sacado esta vieja carta; quién colaboró para proporcionarla, si incluso, estaba en la biblioteca de la casa de su padre.  Llamó al cliente y aceptó verle en su despacho a la hora de almuerzo. No pases por favor ningún llamado, si dura este tipo más de 20 minutos dentro en mi despacho interrúmpeme. ¿Quedó? Entendido abogada.

martes, 13 de noviembre de 2012

Acuarela


Sonrío hoy como vientre plano.
Para mi suerte, permanentemente hoy me conozco más que nadie.
Hoy, me tengo paciencia blanca.

Anoche vi llover en el desierto furiosas serpientes hinchadas de veneno. Burlándose, mofándose así de mi color.
                                 La ausencia,
la humedad de mí,
                               la que ha habitado tanto en mí
                                             hoy me ama         más que cualquier otro invierno que he conocido.

       Belleza en los dedos
                                             al tocar la cotidianidad
                                                                                  se extiende silenciosamente en mi cabello.

Para mi suerte, permanentemente hoy me conozco más que nadie.

Asusta el seguir la pretensión de ignorar el torrente de infinitud
                                                              que no calla sin dejar de repetir               los nombres.

 La sonrisa es hoy la mezquindad.

Para mi suerte, permanentemente hoy me conozco más que nadie.


La sangre cruelmente huele a soltura. Se le ve como la piel que de Dios podemos acariciar.

Nada conduce al infierno
                                                 ya nada tiene poder para generar en mi caos,
                                                                                                                               en mí caos.

El velo,
                               reacción atenta que se genera cuando un árbol ha sido envenenado.

Vulnerabilidad.

Sonrío hoy como vientre plano.
Para mi suerte, permanentemente hoy me conozco más que nadie.
Hoy, me tengo paciencia blanca.

Ojos blancos, hoy me extrañan al verse solos en su mortandad sin diálogo.

La soltura de las púas se quedan en mí.

Hoy, la vida me parece una gota fuerte que quiebra al cristal que oculta al mundo.
Hoy,
              la vida me parece una ruidosa gota capaz de matar al cristal del mundo.
                         
                                                     Hoy la vida me parece una simple gota que mata y así oculta al mundo.

    Para mi suerte, hoy me conozco silenciosamente más que nadie.





martes, 11 de septiembre de 2012

Telón aterciopelado (Sin pretensiones)



 El sol no envejecía su piel, menos el  tiempo que silenciosamente enmarcaba sus experiencias; se había desvanecido convirtiéndose el cuerpo en abrigo cálido y para ella elegante, porque hasta ese entonces, no había conocido ni de nombre, al poder de la ingobernable avidez sexual que hasta ahora comenzaba a formar parte de su vida habitual.

Una temporada más, y la lluvia dejaría de llorar sus nostalgias, las tan viejas tristezas.

Amante de la mente organizada; de las claros roles inventados y humanos que desempeñaba en su hogar, en la casa que permanecía de su significativa vida. No obstante, sentía su poder  en ese cansancio que surgía al agobiarse por cuestiones de metafísica pura; al atender a los que quería, al ir humanizándose lenta y trágicamente en la primera escena de su obra de teatro, y tan divertida ya por la participación de sus contrincantes.

Nunca se había preocupado por las negaciones ajenas, mucho menos por los rechazos declarados de los que ella creía había necesitado, o amado. Los veía con majestuosa simpatía pese a su inteligencia ilustrativa. Pondría ya estoicamente de una vez por todas en solemne descaro a La Mente en blanco ante tanta estupidez; y temores (siempre casi tan inventados como el accidente de la no elección de su primer familia); la vida en ley, en donde sus prioridades formarían el ambiente de su centro para al final comprobar, que el mundo terminaría como siempre, aunque no pareciese, a sus pies.

 Seducir su presente ahora. Cómo diablos deshacerse de los demonios inventados que tanto tiempo habían cubierto con profundo abrigo sus mentiras. ¡Cómo dejar de divertirse así, sin explicación alguna? La actuación detrás de una cortina se sumaría a una presentación hermosa: sin colores y con perfumados aromas. Apagaría aún de día las luces. Todas.

 La comedia en tragedia la tragedia en comedia, como digna representante de alguna importante obras griega. De ella hacia ellos. Ya no hablaría ningún idioma simplista ni rebelde no, no era necesario. Ahora era la corona de espinas la que había logrado quitarse con una insistente devoción no obligada, enmarcada en una clara marginación accidental. 

Dejaría en cajas de cartón la cantidad de ocasiones en las que la habían obligado a sentir culpa para dejarlas fuera de su bosque, el cual gozaba constantemente de lluvias torrenciales, perenes y siempre imprudentes pese a sus embriagantes aromas.

Siéntete mal, púdrete; que no es aceptado tu derecho, tu libre modo de expresarte y de no necesitarnos. Es evidente que no logras entender tu nula presencia ante nuestra verdad. En sobres no sellados para cuando te sientas enferma y al abrirlo, recuerdes las finas agresiones que con presumida libertad escupen. Siempre su nombre el más mencionado. Con maestría había aprendido a diferenciar los diversos modos que tenían el arte del insulto.

 ¿Cómo editar un alma en ejercicio silencioso, obligado y fino; hambrienta de respeto? Claro, reina era ya de infiltrar magistralmente respeto. Sabía todas las variantes del sin respeto. Miradas, las palabras falsas, los gestos leíbles; las miradas directas, no objetivas, ambiguas, transparentes de opacas. Las finas expresiones. Las pronunciadas, distorsionadas intenciones. Y todo para llegar a la brillante idea de que el teatro sería una fiable habitación de transporte. Tanto, que por fin había decidido exponerla en público con todo y sus variaciones, ante una imagen, ante un discurso, ante una obligación. Al público; congruencia asfixiante.

Los secretos en vida que compartía con su amante.; las acusaciones de pasadas generaciones, pero sobre todo, su nuevo temperamento elocuente y ajeno, extraño ya para al culpable olvido. No cabría en tanta memoria ya, un grano de mentira. Ya nada podría desvanecer en ella, ni el tiempo mismo, ni el destino que con los monstruos de su aparente  imperfección. Su nueva amistad con la tempestad corría hacia el sólido y nuevo maratón.

Cómo hacer para confiar y no confiar en sí misma sin correr el peligro de desvanecerse en sus solidificaciones frágiles. Tenía ya comprobado que la vanidad era el último camino por recorrer, pues con simple agua podría desvanecer una falsa esencia. Pudiera ser ingenua pero nunca confiable, la vanidad era una medida, incluso muy de ella. Sabía que el fracaso y la frustración de no ser coherente ante lo bueno de su instinto ya no sería una aparente novedad. No podría ya traducir nada sin el consentimiento de su lado amable; su tan temida consciencia. Ya no era la oscuridad una habitación segura. Cómo diablos comenzaría la manifestación del éxito sin dejar de interpretar; sin dejar de dilucidar todo lo bello, lo oscuro; lo innombrado.

 Se sabía rota, pero no descompuesta y nada había malo aún en ello, pues eso no era poesía. Era una sola estructura. Cabía siempre en ella la dulce ironía de parecerse a la envoltura fina de un cuerpo fuerte e invisible. Prudente, tan prudente como saber que ambos, el respeto y la prudencia tenían el mismo perfil, más no el mismo rostro. No sabía cómo comenzar a comprobarse que el destino decidido la llevaría a la escenografía, una segura decoración segura tanto para ella como para los suyos.

 Sin dejarlos nunca de lado, les veía con admiración, discreción y una profunda simpatía. Sus talentos habían sido cualidades aplaudibles en silencio por, para y de ella. Ya no. Fueron una sombra que pudo suave o descaradamente cubrir los llantos. Daría cartas de póker a quienes quisieran un turno en ella, por lo menos pasajero, pues nada podría ofrecer a un nadie más. Era ahora una celosa empedernida. Leal, fiel no, leal nada más a su nuevo destino. Era claro su objetivo: ayudar tentativamente cada que su natural concentración se lo pidiera y sobre todo, permitiera. Era la confianza sí, no en si misma, sino en el pasaje que había descubierto: el hecho de haber aceptado que el tiempo había pasado y que nadie le haría el favor de ser constantemente amable ante sí misma. Porque era ahí donde había encarado al nuevo monumento de lo ya perdido. De lo nunca favorable. No antes ni después, sino justo ahí a los pies de su redención. De la hermosa humillación al aceptar que ahí nunca la habían amado, nunca ni un tanto, tantillo.

 Circularmente se había despojado con profunda maestría de la desolación que en secreto había cargado en un presente nombrado, con recuerdos concretos; con nuevos rostros ante ella. Ya no era más la mujer que enterraba en sacramento sus desdichas (convirtiéndolas en flores). Era más bien un demonio declarado vestido de rosa, y así despistar a sus simpatizantes, quienes con júbilo o agrado, acudían a ella sin intimidar, y muchas de las veces sin buena intención.

La sensibilidad en sus labios explotaba quemándose sosegadamente de lujuria; tentación cotidiana, y lo mejor, ahora cumplida. Una vía inesperada de profundidad más que la llevaba a desconocerse contrariamente al explorar en las paredes de su total libertad, porque aún guardaba en ella cierto encarcelamiento a pesar de reconocer su capacidad de puta (no en términos escatológicos; sino feminista). Era feliz, era bien puta y su cuerpo no dejaba de hacerle sentir lo extraordinario que era  reconocer abiertamente el natural e ingobernable apetito sexual que surgió como peste sin cura; pero sí con una posible solución, y que hasta ahora manejaría con total prudencia regalándose un sí de color neutral atiborraborrándolo sólo del permiso de su natural instinto.



Fotografía tomada por la australiana Inger Morath.